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Evaluación formativa, una evaluación para el aprendizaje

Una de las cuestiones que aparecerán de forma recurrente en los podcasts de la Atalaya es la evaluación en educación, y en concreto la evaluación formativa, orientada a la mejora del aprendizaje, sobre la que recientemente hemos conversado con Neus Sanmartí (“La evaluación: herramienta para el aprendizaje”). Y esa centralidad del tema de la evaluación se debe a que se trata de una cuestión absolutamente clave para comprender, mejorar y transformar la enseñanza y, desde luego, los aprendizajes del alumnado.

La evaluación en educación debe implicar a todos los agentes que participan en la misma y a todos los elementos del proceso educativo: la programación didáctica, los procesos de enseñanza, las prácticas docentes, los materiales curriculares, el clima de aula, y, desde luego, el aprendizaje del alumnado, en el que ahora nos vamos a centrar, sin olvidar que todos estos elementos y agentes están completamente entrelazados y son interdependientes.

Y nos encontramos, hoy como hace años, con una situación en la que mientras la normativa recoge perfectamente los principios de una evaluación formativa (“continua, integradora, con carácter regulador y orientador del proceso educativo…”), las prácticas de evaluación de buena parte del profesorado siguen ancladas en procedimientos muy tradicionales, que se orientan exclusivamente a la obtención de la calificación, haciendo uso sobre todo de pruebas de examen.

Y la calificación, como sabemos, no es más que una mera derivada administrativa del proceso mucho más amplio y rico de la evaluación. El gran problema es, en nuestra opinión, que sigue muy presente en muchos de nuestros docentes y centros educativos una absoluta identificación entre evaluación y calificación, asociada a esas prácticas docentes tradicionales, alejadas de las metodologías activas, participativas y promotoras de la reflexión crítica y el diálogo, que nuestra normativa educativa propugna. 

Teniendo en cuenta lo anterior, no es de extrañar que la directriz de las administraciones de realizar una evaluación verdaderamente formativa genere en buena parte de los docentes cierto desconcierto, al carecer de estrategias y herramientas para tal cosa. Y es que cualquier debate de naturaleza más “técnica”, que haga referencia a los instrumentos a utilizar para la evaluación debe venir precedido de un debate de mucho más calado, sobre cuál es la verdadera naturaleza de la evaluación, su objeto y su sentido. Como siempre decimos, en educación los “qués” y los “para qués” (los fines) siempre deben venir antes de los “cómos” (los medios). 

En definitiva, transformar la cultura evaluadora de los centros no depende únicamente de modificar instrumentos o procedimientos. Supone, ante todo, revisar creencias, actitudes y finalidades sobre lo que entendemos por enseñar y aprender. Y en ese camino, el papel del profesorado resulta decisivo: su manera de concebir la evaluación condiciona las oportunidades de aprendizaje que ofrece al alumnado.

Parece claro, por lo dicho hasta aquí, que promover un tránsito adecuado del profesorado hacia una nueva forma de entender (y practicar) la evaluación debería ser una tarea prioritaria de la formación permanente. Y eso pasa, en primer lugar, por diferenciar de forma clara lo que es una evaluación formativa, orientada a la mejora del aprendizaje y entendida como parte integral del proceso de enseñanza-aprendizaje, de lo que es una evaluación meramente sumativa, entendida como un proceso orientado exclusivamente a la calificación del alumnado. Para diferenciar ambas claramente, resumiremos de forma breve los rasgos de cada una de ellas:

  • La evaluación formativa está, ante todo, orientada a la mejora del aprendizaje del alumnado, mientras una evaluación meramente sumativa tiene una naturaleza “contable”, pues es una evaluación solo del aprendizaje, entendido además de una manera reducida. 
  • La evaluación formativa, propia de una enseñanza centrada en el aprendizaje, atiende tanto a los procesos como a los resultados, mientras una evaluación meramente sumativa atiende exclusivamente a los resultados.
  • La evaluación formativa es continua, pues se sitúa a lo largo de todo el proceso de enseñanza-aprendizaje, atendiendo al principio de que todo lo que sirve para aprender sirve para evaluar y viceversa.  La evaluación meramente sumativa, sin embargo, se sitúa solamente al final del proceso de enseñanza-aprendizaje, como un apéndice del mismo, pues entiende que hay un momento para “aprender” y otro para evaluar.
  • La evaluación formativa es propia de contextos educativos de formación competencial, que integran conocimientos, habilidades y valores y que se asocian a metodologías que favorecen la participación, la colaboración entre iguales, el diálogo y la reflexión crítica. Por su lado, un contexto de evaluación meramente sumativa correlaciona con un contexto formativo orientado exclusivamente a la adquisición de conocimientos, asociado por tanto a metodologías que priman la transmisión de contenidos como herramienta de enseñanza y el aprendizaje memorístico.
  • En un contexto de evaluación formativa se entiende que el aprendizaje del alumnado está fuertemente interrelacionado con todas las demás variables, teniendo en cuenta su evidente interdependencia con las mismas -programación, práctica docente, contexto sociocultural, clima de aula, disponibilidad de recursos-; por el contrario, en un contexto de evaluación meramente sumativa se considera el aprendizaje del alumnado como un proceso individual y una variable independiente.
  • Un marco de evaluación formativa contempla la autoevaluación y la coevaluación, y cuenta con procedimientos de evaluación diversos: observación directa, portafolio, trabajos de indagación, exposiciones orales, informes, sostenidos con instrumentos igualmente variados. Por su lado, la evaluación meramente sumativa, en la medida que identifica evaluación y calificación, considera esta última como exclusiva del docente y, por lo común, prima el examen como procedimiento principal o casi exclusivo para la obtención de la calificación.

José Manuel Ruiz Varona

Alfonso García-Salmones